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La intrahistoria del Real Madrid-Olympiacos

  • Olympiacos demostró ser la antítesis de la deportividad y estar a la altura de los aficionados que, habitualmente, acuden al Pabellón de La Paz y la Amistad.
Desde las provocaciones de Bourousis hasta el feo gesto del fisio griego
David Jorquera David Jorquera

En la cúpula de la sección de baloncesto del Real Madrid están que trinan. No sólo por la derrota en cuartos de final de la Euroliga ante Olympiacos (que también) sino porque en la casa blanca se teme que la Euroliga utilice el Palacio de Vistalegre como conejillo de indias para ejercer su poder dictatorial. El mismo organismo que se achantó cuando pasó lo que pasó en Grecia la semana pasada. Las vergüenzas de la Euroliga podrían quedar al aire si, finalmente, deciden sancionar al Real Madrid por la caída de algunos objetos a la finalización del partido ante los griegos que, sin ser justificados, aparecieron por Carabanchel debido a la actitud chulesca y desafiante que mostraron los modélicos jugadores de Olympiacos a la finalización del partido.

Todo comenzó cuando Bourousis, un buen jugador de baloncesto aunque de cabeza no debe andar muy sobrado, anotó un tiro libre en los segundos finales del partido. Tras convertir la canasta, el griego se giró y enfiló el fondo que ocupaban los Berserkers a los que tiró un simbólico beso. Provocación a más no poder que, incluso, debería haberle costado una técnica por payasete de circo pero que, lógicamente, se pasó por alto. Era Olympiacos, claro, con eso estaba todo dicho.

Más tarde, con el lógico enfado que provocó esa acción, la afición increpó a Bourousis que, nuevamente, buscó con mirada desafiante al público de Vistalegre. A todo esto, en un final polémico, Olympiacos acabó llevándose el partido. Y se lió.

HASTA UN FISIOTERAPEUTA HELENO EN EL AJO

Una piña en el centro del campo y un saludo correcto iniciaron las hostilidades. A partir de aquí los Papaloukas, Vujcic y Bourousis se volvieron locos. Especialmente vergonzosa fue la actitud del primero, que se dedicó a saludar y lanzar improperios a la grada mientras se retiraba al vestuario. Vujcic comenzó suave, con aplausos, pero acabó apretando los brazos mirando a la grada. Otro feo gesto. De Bourousis poco más se puede decir, le faltó sacar la navaja para asemejarse cien por cien al mayor macarra de barrio. La afición se sintió dolida, lo que provocó el lanzamiento de algunos objetos. Sin querer justificarlo, fueron infinitamente menos que los que cayeron en Atenas en los dos primeros partidos de la serie.

Esto pasó a la finalización del partido, sin embargo, no todo se quedó ahí. Y es que media hora más tarde, con algunos aficionados aún en las gradas reclamando la presencia de los jugadores madridistas, ni corto ni perezoso, uno de los fisioterapeutas del equipo griego se asomó a la bocana de vestuarios y mirando a esos aficionados que aguardaban la salida de los suyos, se agarró los atributos masculinos y, en un gesto que demostró su valentía, volvió a escudarse en los vestuarios de Carabanchel. De auténtica vergüenza. Así es Olympiacos. Un buen equipo, sin más, sobre la cancha y una auténtica vergüenza para el baloncesto fuera de ella.

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