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La grandeza del deporte

Alberto Piñero Alberto Piñero

Dentro del mundo del periodismo, el deporte no está muy bien considerado. Se dice que no es tan importante como la política y la economía, porque ellas son las que mueven el mundo mientras que el deporte es simplemente un hobbie, una afición. Sin embargo, es curioso cómo, a pesar de que en teoría no pasa de ser un mero entretenimiento, en esta semana donde se juega un Real Madrid-Barcelona, todos hablan del ‘clásico’ (sepan o no sepan de fútbol) y éste se convierte en el centro de atención durante siete días.

Así, seguro que en estas fechas tu novia te habrá preguntado por el partido, y tu madre también, e incluso, hasta la madre de tu novia; tu vecino en el ascensor te ha preguntado que cómo van a quedar, aunque el resto del año te aparta la mirada más allá del portal; y en el trabajo, más de la mitad de los compañeros ha participado en una porra, aunque el resto del año sólo hablas de fútbol los lunes con un par de amigos. A estas alturas de la semana, ya sabes incluso dónde verás el partido, has llamado a tus amigos para que se acerquen a tu casa, o bien has quedado en un bar una hora antes de que empiece para coger los mejores sitios; y seguro que ya has utilizado al menos una hora de tu vida en debatir con tus amigos cuál debe ser el once del sábado.

Y esto no es una semana aislada, porque ahora que llega la primavera y la Liga se pone emocionante, ésta se convierte prácticamente en el eje sobre el que giran todos los fines de semana hasta que llegue junio. En los centros comerciales y en los parques se empieza a ver ya a chicos agarrados con una mano a sus novias, y con la otra a la radio; los planes del fin de semana dependen de a qué hora es el partido de tu equipo favorito, y si aceptas quedar a cenar tiene que ser en un bar con televisión. Y también es a estas alturas del campeonato cuando más vives los partidos, eres capaz de gritarle a un televisor aunque sabes que no te escucha nadie al otro lado; te dejas la voz en un partido, aunque lo estés viendo solo en casa; cuando tu equipo vence sientes unas ganas irrefrenables de mandar un sms a un amigo, aunque no hayas hablado con él en todo el año o aunque esté al otro lado de la mesa; y cuando tu equipo pierde, el sonido del móvil te recuerda que tienes amigos que también han visto el partido; te arrodillas cuando hay una ocasión peligrosa de tu equipo, y te tapas los ojos cuando ataca el rival; y si hay un gol, no dudas en saltar y abrazarte con el que tengas al lado.

Si se fijan, son actos que hacemos de forma natural dentro del marco del deporte, pero completamente irracionales si los analizamos por separado. Es por eso que el deporte debe de traspasar las fronteras del mero entretenimiento y, aunque en teoría, no sea una de esas cosas que mueven el mundo para algunos, llega a ser algo más profundo, casi un sentimiento. Porque si no, qué sentido tiene que uno se levante a las siete de la mañana de un domingo para jugar un partido con su equipo, o irse a correr solo a pesar de lo aburrido que es, o esforzarse en aprender a jugar al pádel aunque no se haya cogido una raqueta en la vida, o quedarse sin dormir porque los Juegos Olímpicos este verano han tocado en China, aunque esa noche sólo haya deportes que durante el año no verías más de tres minutos. ¿Cómo puede ser que un simple hobbie sea capaz de reunir a un grupo de amigos en torno a un televisor, a miles de personas en una plaza de la ciudad para ver un partido en una pantalla gigante, a decenas de miles de personas en un estadio, a cientos de miles alrededor de una fuente para celebrar un título, y a millones al otro lado de la pantalla?

Podría estar así horas, contando la de cosas ‘absurdas’ que desde pequeño me han preguntado que por qué hacía, y a las que no encontraba una respuesta racional. Y si ustedes en alguna ocasión han hecho algunas de las cosas que hay escritas más arriba, no se avergüencen… porque las hemos hecho todos, incluso esos escépticos e hipócritas que creen que sólo es un hobbie. En lugar de amilanarse, congratúlense y sigan sintiéndolo de la forma en la que lo han hecho hasta ahora, porque esa es quizá la mayor grandeza del deporte.

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