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Laporta se equivoca

Alejandro Alcázar Alejandro Alcázar

El fútbol siempre ha servido para dar notoriedad a personajes invisibles de la sociedad. La popularidad es una de las pleitesías que otorga llegar a la presidencia, amén del poder, y más si el asiento corresponde al Madrid, Barcelona o Atleti…

Joan Laporta i Estruch, licenciado en Derecho en la Universidad de Barcelona y socio fundador del bufete ‘Laporta & Arbós’ nunca hubiera pasado de poder ser un prestigioso letrado, o no, de la vida judicial barcelonesa. Vamos, que con su tarjeta de visita no abriría las puertas que atraviesa como presidente del Barcelona y que, en muchos de los casos mancilla con posicionamientos personalistas y defendiendo ideas que nada tienen que ver con el fútbol.

Pero más allá de que Laporta se aproveche de su posición privilegiada, es igual de llamativo que bajo su paraguas se cobijen personas como el vocal Sala i Martí o Joan Oliver, director general corporativo. Hombres del presidente que también se aprovechan de la grandeza del club y de sus amplios altavoces para manifestar su particular visión de la vida. Opiniones que se interpretan inconvenientes con declaraciones que incomodan, e incluso ofenden, al entorno azulgrana sin valorar otros sectores.

Sala, cuya nacionalidad es estadounidense, ha manifestado hace unas fechas que “todos los españoles son unos cazurros” y Olivé se atrevió a afirmar hace tiempo que los “españoles son unos chorizos”. Vamos que lo suyo son las ‘relaciones públicas’ a favor de la entidad a la que representan, al margen que, quieran que no, ellos sean tan españoles como Laporta mientras no se demuestre lo contrario.

Creo que Laporta se equivoca. Da un mal ejemplo al margen de esa máxima de la universalización del Barcelona. No tengo nada en contra a que se declare públicamente independentista. Pero también es cierto que su voz tiene más decibelios ahora que antes gracias al magistral trabajo de Guardiola que ha situado al equipo y a la entidad en el trono más alto del fútbol mundial. Antes de la llegada de Pep, Laporta no pasaba el corte ante su afición y sólo un resquicio legal le mantuvo en el cargo tras salvar una polémica moción de censura.

Ahora, dos años después, las elecciones aparecen por el horizonte y el barcelonismo tendrá que elegir sucesor. Será el momento de comprobar el calado de su mensaje y, después, ver hasta dónde llegará él en su vida privada que tiene toda la pinta seguirá la senda de los Carol Rovira o Pilar Rahola. El problema para Laporta y para Sala i Martí, al que se señala como el elegido como su sucesor, es que en esas elecciones habrá un candidato que ha mostrado otras aptitudes muy alejadas a las de Laporta.

Sandro Rosell se ha mostrado hasta ahora como un gestor serio, profesional, barcelonista y, sobre todo, discreto. El que fuera mano derecha de Laporta tiene otra idea de lo que es el barcelonismo, una idea universal sin abandonar la senda del catalanismo. Lo que no sé es si a Laporta le interesará el Barcelona en caso que su delfín pierda en las urnas. Si es así y pierde la influencia que ahora le confiere el Barcelona, me pregunto si seguirá buscando notoriedad desde un posicionamiento opositor.

 

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