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Paco Jémez adoptó un comportamiento cobarde tras el partido

  • Se quejó de los árbitros, pero con la boca pequeña y evitando referencias explícitas
Se quejó de los árbitros, pero con la boca pequeña y evitando referencias explícitas
 Defensa Central Defensa Central

Después de que el Real Madrid goleara este domingo a un Rayo Vallecano con 9 desde la media hora de juego, muchos esperaban a la rueda de prensa posterior para conocer la reacción de Paco Jémez. El canario es un hombre visceral y de carácter, pero tras el partido intento aparentar sin éxito una imagen de mesura y educación que no se correspondía realmente con sus verdaderos sentimientos.

El entrenador estaba muy caliente a la finalización del encuentro. De hecho, según el colegiado Iglesias Villanueva una vez finalizado el encuentro se dirigió al cuarteto arbitral en voz en grito diciendo "¡muy bien, chavales, podrán pisotearnos, podrán humillarnos, podrán quitarnos todo, pero nos levantaremos porque nadie podrá quitarnos nuestros cojones!". Además, también les comentó a los colegiados que podían irse "a descansar tranquilos", delatando su enfado a pesar de que estaba haciendo un gran esfuerzo por contenerse.

De hecho, pocos minutos después Jémez pasó por la sala de prensa y continuó con su táctica cobarde, ya que insinuó varias veces su disconformidad con la actuación del colegiado, aunque sin criticarla directamente. "Hacía mucho que no veía alto tan esperpéntico ni tan vergonzoso como lo que hemos presenciado hoy. Hemos perdido todos y hemos perdido mucha credibilidad. Nos sentimos pisoteados y humillados. Lo que ha pasado nos hace daño a todos" señaló, guardándose mucho de nombrar directamente al árbitro.

Por ello este medio intentó preguntarle durante la rueda de prensa, para que aclarara los motivos por lo que se sentía "pisoteado y humillado". Pero ni siquiera dejó formular la pregunta y se limitó a decir que lo había dejado "muy clarito". Desde luego, a buen entendedor pocas palabras bastan. Y en este caso está claro que Jémez estaba muy enfadado, aunque no tuvo el valor de decir las cosas claras y por su nombre. Por eso prefirió tirar la piedra y esconder la mano; quizá por miedo a una sanción o quizá por no tener verdaderos argumentos con los que justificar los graves errores de Tito y Baena.

 

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