BLOG DE Ramon
Publicado el 22 de Enero de 2017 | (0) Comentarios
EL RESPLANDOR

Nihil sub sole novum. No hay nada nuevo bajo el sol. No me extrañaron los desahogos inmisericordes que afloraron en la página de DC tras la extraña derrota ante el Sevilla. Parece ser que hay foreros muy jóvenes que no soportan la más mínima frustración y que están esperando cualquier tropiezo para manifestarse en ese límite difuso que separa el madridismo disconforme a la mínima y el antimadridismo visceral. No me refiero a los que se cabrearon y sufrieron una decepción, sino a los que explotaron tan pronto se acabó el partido arremetiendo contra todo.

Quien siga, bien con interés, bien con ánimo adverso, mis post, se habrá dado cuenta de que, casi siempre, trato de poner el acento en las deficiencias del equipo o del entrenador. No es este el caso. Por lo menos no lo es en la consideración global del partido y de sus actores, por más que critique algunas cosas, en las que, por otra parte, como verá quien lea esto hasta el fin, parece que hay coincidencia general.

En mi opinión, el primer partido de Copa ante el Sevilla fue el más perfecto que le he visto jugar al Madrid en décadas. Tanto que, como le escribí en un guasap a un amigo madridista, el equipo jugó como si lo hubiese entrenado yo mismo. El amigo del que hablo, con fino sentido del humor y de la ironía, me respondió: «Pues a mí me gustó».

Dejando de lado el segundo partido de Copa, que no merece la pena comentar, o sí, pero que no voy a hacerlo, el partido de Liga, igual que el primero de Copa, lo planteó Zidane de manera extraordinaria. En mi opinión. Hay algunos que piensan que «hay que ir por el partido», «hay que salir al ataque» y otras lindezas y consignas que recuerdan a alguno de los mantras del Gran Farsante cuando decía que él les insistía a los jugadores en que debían jugar bien, emulando a Reixach, del que Bonano (ahora en el Celta) comentaba que sus instrucciones y planteamientos tácticos se reducían a «salir a disfrutar y a darlo todo por la camiseta, muchachos» ¬—le llamábamos el poeta, dice el argentino—. En fin, que el planteamiento táctico de Zidane, y no es la primera ni la cuarta vez que lo hace, fue perfecto. Lo que pasa es que en el fútbol interviene el azar, a veces de forma grosera e injusta, como en la vida misma, de ahí que el fútbol suscite tantas pasiones. Ya lo dijo William “Bill” Shankly, «el fútbol no es cuestión de vida o muerte, es algo mucho más importante».

Así que el Madrid dominó tácticamente todo el partido. Salvo los últimos siete minutos, donde, primero se empeñó en salir con el balón jugado de su área en balones disputados, con el peligro que ello conlleva, y después vinieron dos jugadas desgraciadas. La de Ramos y la del otro. Ramos hizo un buen partido defensivo —esto, y que yo lo diga, ya tiene mérito—, pero en esa jugada se equivocó: un defensa central no puede atacar un balón por alto de fuera hacia adentro; tiene que hacerlo de adentro hacia afuera. Dicho de otra forma, no estaba bien colocado para defender ese córner. Porque no vamos a pensar que quiso congraciarse con la afición sevillista. En resumen: ese gol, la forma en que lo metió, de cabeza a la salida de un córner, el minuto en que se produjo el suceso, el estadio, Ramón Sánchez Pizjuán, todo, todo, parece obra de un escritor mediocre que se quisiese recrear con una chapucera ironía. No es la primera vez que la realidad supera a la ficción; pero cuando así sucede, como es el caso, si alguien lo escribiese en una novela, se consideraría un recurso ilegítimo dentro de la ficción por inverosímil.

En cuanto al segundo gol, fue producto de la torpeza del torpe, pero, al margen de todo ello, fue un infortunio, el Madrid tuvo muy mala suerte y, de cien veces que se repitiese ese partido, noventa y nueve lo ganaría el Real. El azar hizo que saliese la única bola negra de las cien que había en el saco. Y sí, fue mala suerte. Nada más.

En el partido de Copa contra el Celta, la cosa cambió. El problema no fue el planteamiento ni la actitud de los jugadores y mucho menos la forma física (hay que leer cada cosa sobre estos tres factores y sobre la presunta similitud con el caso Carletto que hacen que uno dude incluso de que el ser humano sea, no ya racional, que no lo es casi nunca a lo largo del día, sino potencialmente racional). El problema fue la ansiedad y sus secuelas. Ramos quería borrar su último cabezazo y el equipo, presionado psicológicamente por lo del Sevilla, a medida que avanzaba el encuentro y no llegaba el gol, se empezó a lanzar al ataque, todo él, invadiendo el campo del Celta sin guarecerse atrás: así llegaron los dos goles. Esas deficiencias defensivas que se derivan de la ansiedad atacante es algo recurrente en el Madrid. Así perdió la Quinta del Buitre varias Copas de Europa, que tenía en la mano. Y ahora, sin aprender de la evidencia, se oyen y se leen de nuevo esas consignas de «hay que salir al ataque». Si tal hubiese hecho el Madrid en el partido de Liga contra el Sevilla no habría perdido al final, no; estaría desahuciado desde mucho antes. Zidane así lo entendió, como también lo entendió en la final de Champions contra el Atlético. En el primer partido de Copa contra el Sevilla —partido ejemplar del Madrid en todo—, el equipo salió a presionar desde la delantera y la media, pero con la defensa atrás, sin veleidades. Y desde una defensa sólida y un compromiso defensivo de los delanteros es como se recuperan balones y se ataca con garantías. Claro que ese partido los delanteros presionaban y la defensa mantenía su posición. Y todos eran solidarios en el esfuerzo y en la presión.

Por último: aunque, como ya he dicho antes, Zidane me ha sorprendido muy gratamente con diversos planteamientos y con su decisión de rotar, no se pueden olvidar sus deficiencias: no tiene perdón que se empeñe en poner a Benzema, porque, de cada diez partidos, si está sobre el césped, en nueve de ellos es lo mismo que jugar con 10. Y eso no se lo puede permitir ningún equipo. Hace unas semanas, cuando nuestro buen Silvestre todavía no había metido dos golitos que a ojos de muchos lo redimen, Zizou le respondió a un periodista que él se empeñaba en poner a Benzema para darle confianza porque estaba en baja forma; que si estuviese en buena forma, lo podría dejar en el banquillo. Una falacia y una mentira, pues con James no aplica esa receta, aunque el colombiano pone más ganas que el francés. Y aunque aplicase esa receta sin exclusiones, un entrenador no debe hacer de psicólogo sino que debe poner a los que están mejor. Zidane tiene una debilidad, llamésmosla “familiar”, por Benzema o por Enzo, en detrimento de, digamos, Mariano o Odegaard. Y luego está su gran punto flaco: los cambios. No voy a decir nada sobre este punto porque supongo que todo el mundo —incluso él mismo— empieza a estar de acuerdo en ello. Esperemos que sus análisis de verdad no sean los que comenta ante la prensa tras los malos partidos: «nos faltó intensidad».

Y ahora dos casos polémicos entre los madridistas. El caso Ronaldo es y siempre ha sido distinto. Del entrenador depende que lo obligue a a jugar de delantero centro o de segunda punta y que lo obligue a presionar (tiene fondo físico para ello, si no está lesionado, si bien sospecho que juega con cautelas porque algo le ronda). Pero aunque Ronaldo está algo más que desacertado, su actitud no es repudiable: se lamenta y se cabrea cuando falla, lo intenta, se le ve jodido; siempre se ha preocupado por mantener una forma física envidiable que le permita jugar hasta los cuarenta, como pretende (otra cosa es que lo consiga). Es una vergüenza que algunos, demasiados, madridistas carguen su frustración contra él, como si fuese un paquete inservible. Me recuerdan al público del chiste «El enano follador». Por el contrario, Benzema sí gana kilos o puede estar en baja forma física sin que medie lesión y sin que eso le preocupe demasiado porque, total, como no se mueve, para ocupar espacios y asociarse (jeje, el que inventó lo de «asociarse», tiene un rostro de piedra) no le hace falta estar a tope, y no es la primera vez que, tras una pifia descomunal, en vez de lamentarse o cabrearse, se ríe («jiji, con la clase que tengo, y fallar esto, jiji», parece decir). En el partido contra el Celta, por ejemplo, se puede ver como arremeten contra Modric e intentan derribarlo una y otra vez, y este (1´74, 65 Kg) cae, se zafa y sale jugando el balón; a Benzema (1´87, 79 kg) lo desplazan y le quitan el balón una y otra vez sea cual sea la corpulencia o la endeblez del contrario.

En esta miscélanea, hay un dato que no puedo pasar por alto. Porque es muy significativo y nadie lo ha reseñado. Cuantos perrodistas, medios de comunicación y sedicentes madridistas han arremetido, y en cuanto vengan mal dadas seguirán haciéndolo, contra nuestro gran presidente Florentino Pérez, asegurando (orneando, más bien) que él obliga a los entrenadores a poner de titulares a determinados jugadores por lo que han costado y porque son «sus» fichajes y no pueden estar calentando banquillo, o porque conviene por motivos de imagen, financieros, etc., a todos ellos, les recuerdo que James apenas juega. Así que la culpa de que salte (perdón por la hipérbole) al campo Benzema, o de que siga, si sigue, la próxima temporada, no es de Florentino Pérez. A ver si de una vez los madridistas, en esto y en la valoración de jugadores y partidos, dejan de estar tan atentos a las llamadas tertulias deportivas, a los llamados periódicos deportivos, a los denominados comentaristas deportivos, y se acostumbran a ver las cosas con sus propios ojos sin que los ofusque el siniestro resplandor de tantos soles negros como hay en este país.
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