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Un sueño cumplido

Peatón Peatón

     La casa de Juan estaba en silencio. Su mujer dormía plácidamente. Era muy pronto todavía. Juan, sin embargo, hacía ya algún tiempo que estaba despierto. Era un día emocionante, un día especial para él. Aunque había conseguido dormir algo, seguir haciéndolo era imposible en un día como ese.

     “¿Para qué seguir en la cama?”, pensó Juan. Se levantó, y fue tranquilo a la cocina. Tomó el primer café lentamente, saboreando cada instante. Su mente estaba puesta en lo que le esperaba ese día. Realmente lo que tenía en la cabeza solo era una idea vaga de lo que ocurriría. ¡Pero era tanta la ilusión!

     Juan era un hombre de algo menos de setenta años. Se conservaba bien, estaba razonablemente fuerte y tenía salud. Durante toda su vida, sus días transcurrieron entre su trabajo como mecánico, su casa, su familia y las visitas de vez en cuando al bar con los amigos. Salvo alguna ocasión esporádica, nada de viajes ni de restaurantes. Una vida sencilla, sin complicaciones, pero una vida buena de todos modos, con una familia agradable, un trabajo que le había gustado siempre, un entorno en el que se sintió cómodo, con sus amigos y su pequeña ciudad. En definitiva, Juan era un hombre sencillo. Como dirían algunos, era un hombre de los de antes. Toda su vida eran su mujer, sus hijos y su trabajo, aunque para entonces ya esta estuviese jubilado.

     Sin embargo, para ser justos, cualquiera que lo conociese bien, hubiera dicho que su vida era todo eso … y su Real Madrid. Y es que Juan siempre tuvo verdadera pasión por el Real Madrid. Era algo que le había acompañado desde su juventud. Comenzó con aquellas noticias de radio de los años cincuenta y sesenta, con las que empezó a idealizarlo. Y durante los años setenta en adelante, en que la televisión le permitió ver los partidos. Juan había vivido durante décadas pendiente de su Real Madrid.

     Después de saborear el café, Juan empezó a prepararse lo más silenciosamente posible, para no despertar a su mujer. Ella, la razón de ser de tantas y tantas cosas. Él siempre se sintió afortunado. Tener un matrimonio agradable y lleno de cariño es como para estar feliz, pensó siempre. Y el suyo lo era. Tenía una mujer que, en todo momento, pensaba en lo mejor para él. Y él mismo, por su parte, también procuraba siempre pensar en lo mejor para ella. Una suerte, desde luego, tener una familia así. De hecho, ella era la causa de ese día tan especial. Ella, y sus hijos.

     Unos días atrás, en una comida familiar, con sus hijos delante, inesperadamente le habían dicho:

     - Papá, tenemos un regalo para ti.

     Él, con la sorpresa lógica, esperó a que le dijesen de qué se trataba.

     - Tú sabes que desde hace muchos años tienes la ilusión de ver al Madrid en el Bernabéu.

     En la cabeza de Juan hubo una especie de vacío: “¡Pero bueno!, ¿qué significará esto?”. El caso es que era verdad. Cuántas veces él mismo había dicho, medio en broma, medio en serio :“No me quiero morir sin haber visto un partido en el Bernabéu”. Lo llevaba diciendo desde hacía cuarenta años, pero nunca se había concretado de verdad.

     - Entre mamá y nosotros hemos pensado en regalarte un viaje y una entrada para el Bernabéu,

     Los miró incrédulo.

     - ¿Pero vosotros estáis bien? - Es todo lo que acertó a decir.

     - Pues claro. 

     No olvidó nunca Juan, las caras de su mujer y sus hijos mientras se lo decían. Todo el cariño que se le puede tener a un marido, y a un padre, estaban en esas caras.

      – Hemos encontrado una peña madridista que organiza un viaje en autocar, con entrada y todo, para un partido de Liga de Campeones. No tienes que preocuparte de nada. Te recogen aquí y te llevan hasta la puerta del estadio. Después del partido, al revés, te recogen en el estadio y te traen hasta aquí.

     - Pero … ¿y tu madre? Yo no voy si no vas tú – Dijo Juan a su mujer.

     A partir de ese momento, comenzó un tira y afloja con ella. Que si son muchos kilómetros. Que si yo no aguantaría todo ese griterío. Al final, los argumentos de la familia se impusieron. Era el regalo de todos, para él.

     - Papá, llevas toda una vida pensando en el Madrid, y te lo mereces. Haznos caso.

     Durante unos días, Juan se debatió entre la ilusión por ir al estadio, por un lado, y por otro, el temor de lanzarse solo a un viaje con gente desconocida, y a una gran ciudad a la que no había ido nunca. Pero su mujer y sus hijos le habían ido quitando los temores.

     - No conoces a nadie, ¿y qué? Tú siempre hablas con cualquiera sin complejos.

     - Que no conoces Madrid, ¿y qué pasa? Primero, que no te vas a perder. Y segundo, que si te pierdes, preguntas a cualquiera.

      Así, poco a poco, los temores se le habían ido diluyendo, y simultáneamente, la ilusión había ido creciendo. ¡Al Bernabéu! ¡Yo, al Bernabéu!

     La mujer de Juan, mientras él preparaba sus cosas, ya se había despertado. Él no se hubiera ido sin darle un beso de despedida … y de agradecimiento. El regalo más bonito y más original de su vida, seguramente, era este. Ella le hizo el repaso acostumbrado. “¿Llevas esto? ¿Llevas aquello?”. Juan comprobó el contenido de una bolsa de plástico que llevaba en la mano. Dentro, una gorra y una bufanda del Real Madrid, que tenía desde hacía años. ¡Quién le iba a decir que algún día las llevaría puestas, nada menos que en el mismo Bernabéu! La verdad es que, si por él fuera, las llevaría puestas desde ese mismo momento. Pero el pudor que dan los años no se lo permitía, y prefirió llevarlas en la bolsa. Como mucho se las pondría dentro del estadio. “¿Cómo va a ir alguien de mi edad con ellas puestas por la calle?”, pensaba él. Lo cierto es que se moría de ganas de ponérselas, pero … ¡maldito pudor! 

     El viaje no se le hizo largo, para lo que él esperaba. Casi todos los pasajeros, por supuesto todos muy madridistas, eran jóvenes. De su misma edad había un matrimonio. Eso le hizo acordarse de su mujer. “Tenía que haber venido”, pensó. Además, había otros dos hombres de su misma edad que evidentemente eran muy amigos, ya que se sentaban juntos, y no paraban de hablar y de reírse. El resto, eran chicos y chicas jóvenes, algunos adolescentes, que iban a sus cosas. Lo de siempre, pasándose aparatitos de oír música y cosas así.

     A mitad de camino, hicieron la parada obligatoria en un lugar de descanso con aparcamiento para autobuses, cafetería-restaurante y aseos. Juan bajo del autocar y como no tenía ganas, ni costumbre, de tomar nada en la cafetería, se dedicó a pasear y a pensar en cómo sería aquello de ver un partido en el estadio. No se lo podía imaginar. Por más que lo intentaba, no se hacía una idea clara. Naturalmente, él había visto infinidad de veces el ambiente de los estadios por la televisión, pero trasladar eso a la realidad, intentar imaginar que eso lo tenía alrededor, era algo que no conseguía. Así que, pensó, todavía tenía más emoción el asunto. ¡Imagínate! ¡Descubrir eso, y esa misma tarde!

     Mientras tanto, el grupo se había ido disgregando por la estación. Él, inseguro, buscó con la mirada para encontrar a alguien conocido del autocar. No tardó mucho. Unos cuantos jóvenes del grupo, estaban sentados en las escaleras de acceso a la estación. Los chavales le miraron, y le sonrieron. A Juan eso le reconfortó, y les devolvió la sonrisa. Como habían sido tan amables con él, se sintió obligado a decirles algo.

     - Qué ¿con ganas de que llegue el partido?

     - Bufff .

     - Jooooeeee.

     - ya te digo.

     A Juan le hicieron gracia las expresiones. Pese a la diferencia de edad, el sentimiento que había detrás de ellas le resultaba muy cercano. Al poco tiempo, todo el grupo se acercó al autocar de nuevo para reanudar la marcha.

     La llegada a Madrid fue algo especial. Los chicos y chicas del autocar, que durante el camino habían estado medio tumbados en sus asientos, habían dado un respingo, y ahora estaban estirados mirándolo todo. Algunos incluso se habían puesto de pie. Juan desconocía por completo lo que estaba viendo. Lo miraba todo en silencio, como el que está descubriendo un mundo nuevo. Uno de los hombres maduros, dirigiéndose a los chavales dijo en voz alta señalando hacia la izquierda:

     - Mirad, la estación de Atocha.

     Todo el mundo la miró en silencio durante unos instantes, como impresionados por los malos recuerdos de años atrás. El autocar giró a la derecha, y enfiló una calle ancha, de árboles enormes. El mismo hombre de antes, por lo que se ve, conocedor de Madrid, dijo:

     - Mirad, a la derecha. Eso es el museo del Prado.

     Eso a Juan le impresionó. No entendía de pintura ni nada de eso, pero sentía esa reverencia, ese respeto por las cosas importantes que solo las personas de edad saben tener. Lo miró hasta con cariño. ¡Cuántas veces en su vida habría oído hablar del Museo del Prado, y ahora lo tenía delante! Los chavales, en cambio, estaban más pendientes de la gente de la calle. Agarraban las banderas y las pegaban a los cristales llamando la atención de los transeúntes. El autocar avanzaba, y Juan veía edificios que le llamaban la atención. “Muchos de estos edificios deben ser importantes, pero claro, sin nadie que te lo explique”, pensó. Estaba cavilando en esto, cuando se oyó la voz del conductor, que micrófono en mano, dijo:

     - Bueno, imagino que os interesará saber que ahora mismo estamos entrando en la plaza de … LA CIBELES.

     ¡No podría haber dicho nada más explosivo! El griterío que se formó en el autocar era para escucharlo. A Juan le gusto. Miró con una sonrisa a los chicos y chicas mientras daban saltos en sus asientos con los brazos en alto, y le gustó. “¡Bendita juventud!”, pensó. “¡Qué disfruten, que disfruten todo lo que puedan!”.

     El autocar siguió adelante. Sin saber por qué, Juan intuyó en un momento dado, que aquello era La Castellana. ¡La Castellana! Cuántas veces había oído ese nombre, y ahora allí estaba él, circulando por la mismísima Castellana. Le encantó. La sensación de que esa experiencia era especial, le encantó. Desde ese momento, el sentimiento de entusiasmo ya no se le fue. Al contrario, el conductor volvió a hablar por el micrófono para decir:

     - Bueno, estamos a punto de llegar al Bernabéu.

     Como el ser humano tiene reacciones tan variadas, si el anuncio de la Cibeles había provocado griterío, este provocó lo contrario. Un silencio casi reverente se hizo en el interior del autocar. Todos, sin excepción, buscaban un hueco en las ventanillas para verlo. Avanzó el autocar un poco más … y allí, a la derecha, apareció. Gigante y majestuoso. Inmenso y noble. Como si estuviera, desde su silencio, dándoles la bienvenida, el Estadio Santiago Bernabéu se les mostró en toda su grandeza.  Juan lo miraba fijamente. Empezó a sentir que aparecía un nudo en la garganta y algo de humedad en los ojos. Rápidamente miró alrededor, por si alguien lo estaba viendo ¡Maldito pudor! Le daba vergüenza que los demás pensaran que esas emociones no eran propias de un hombre de su edad. El autocar aparcó y se dieron las instrucciones para encontrarse después del partido. Todo el mundo bajó, y los grupos empezaron a dispersarse. Juan lo entendió. Es lógico, pensó. Los jóvenes porque quieren estar entre ellos, y los mayores porque querrán estar a lo suyo, tanto el matrimonio como los dos amigos. “Normal, no pasa nada”, se dijo a sí mismo.

     Habían llegado sobre las dos de la tarde. Así que daba tiempo a hacer cosas por Madrid a todo el que quisiese, antes del partido. Eso despertó el entusiasmo de los chicos y chicas jóvenes, que ya estaban proponiendo varios planes a la vez. Pero a Juan eso no le seducía mucho. Primero, porque a su edad no le apetecía mucho la aventura. Y segundo, y no menos importante, porque él no era un hombre con experiencia en viajes. Entre una cosa y otra, y viéndose solo, decidió que lo más seguro era estar todo el tiempo en los alrededores del Bernabéu. Además, nunca había estado en la Castellana y había que disfrutarlo.

     A lo largo de la tarde, se fue encontrando más tranquilo, y empezó a mirar edificios y otras cosas. Incluso preguntó, y se enteró de que cierto rascacielos que se veía desde allí era la Torre Picasso. En la otra dirección, y a lo lejos veía unas torres inclinadas que había visto en la televisión. Le hacía gracia que algunas cosas que había visto en la tele, ahora las tenía delante. Miró el gran rascacielos que había justo delante del Bernabéu. La Torre Europa, le dijo un señor.

     Ocupado en todo esto, las horas pasaron rápido. Juan vio que cada vez había más gente alrededor del Estadio, y pensó en acercarse él también. Agarró con fuerza la bolsa en la que llevaba su gorra y su bufanda. ¡Qué ganas tenía de ponérselas! Comenzó a pasear por la misma acera del Estadio, tranquilo, despacio, mirándolo todo. Con la madurez y la experiencia que da la edad de Juan, las cosas se ven de otra manera. Se saborean detalles, que a una edad más joven pasan desapercibidos. Al otro lado de la calle había un rótulo de color azul con el nombre de la misma. “CONCHA ESPINA”, leyó. ¡Cuántas veces había oído aquello! ¡El Club de Concha Espina! Multitud de detalles eran observados por él. Banderas, bufandas y demás adornos de la gente, policías a caballo, puestos de gorras y bufandas, de bocadillos y chucherías. Infinidad de cosas que le hacían disfrutar. ¡Qué ambiente de madridismo!  Se respiraba la sensación de día grande, y él estaba disfrutando cada minuto. 

     En un momento dado, observo que la multitud que estaba distribuida sin orden por la calle, comenzó a colocarse, más o menos ordenadamente, a ambos lados de Concha Espina. Él, por inercia, también se colocó, pero sin saber muy bien para qué. Delante de él tenía varias adolescentes sumamente emocionadas, junto a una señora de mediana edad que las miraba sonriente. Las chicas daban saltitos y se agarraban unas a otras. Daban grititos y se decían cosas como:

     - Jo, tía, no puedo más.

     - Ayyyy, de verdad, no me lo puedo creer.

     Y gritaban de nuevo, levantando sus banderas y bufandas. Tanto la señora que las acompañaba, como el propio Juan sonrieron con la actitud de ellas. Eso animó a Juan a preguntar:

     - Señora, perdone, ¿qué es lo que ocurre?

     - Pues que van a pasar los jugadores, ¿no las ve cómo están? - Contestó la mujer, señalando a las chicas, y sonriendo más todavía.

     Juan se quedó de piedra. ¡Los jugadores van a pasar por aquí delante! Casi le entró el mismo entusiasmo que a las chicas. Era todo tan emocionante. No pasó mucho tiempo, cuando al principio de la calle se oyó un estruendo enorme. Miró Juan por encima de las cabezas de los que tenía delante y vio, a unos cuarenta metros, unos policías a caballo delante de un autocar, que circulaba muy despacio, como dejándose ver. El griterío era espectacular. A medida que el autocar del Real Madrid avanzaba, la gente de ambos lados de la calle saltaba sin parar, gritaba fuertemente, y movía los brazos con bufandas y banderas, en un revuelo de colores. Cuando el autocar estuvo justo delante de Juan, él se emocionó. Sabía que ahí dentro estaban todos. Esos mismos jugadores a los que veía en la televisión y en los periódicos estaban ahí, a seis o siete metros de él. Y se emocionó. Miró a las ventanillas con avidez por si reconocía a alguien. No se lo podía creer. Vio a varios jugadores mirando a los aficionados. Miraban serios, concentrados. Uno de ellos estaba con la mano en la cara, apoyando la cabeza en ella, y mirando serio y atento a la multitud. ¡Higuaín! ¡Es Higuaín! Durante un instante los ojos del jugador y los suyos se cruzaron. Fue solo un instante, pero sintió una alegría enorme. Sólo un aficionado al fútbol puede comprender eso. El grado de complicidad que se puede sentir con uno de tus jugadores es tan especial, que cuando lo tienes delante … El griterío fue avanzando a medida que el autocar lo hacía. Pero incluso cuando ya se había ido, Juan seguía saboreando esa sensación.

     El tiempo pasaba y Juan no paraba de paladearlo todo. ¡Tantos años de verlo en la distancia, que ahora no quería perderse nada! Sin embargo, la hora de comienzo del partido se acercaba, y tocaba ir hacia la puerta de entrada. Juan se despistó un poco, así que tuvo que preguntar. Le indicaron que tenía entrada para el tercer anfiteatro, y que debía subir por una de las torres de las esquinas. Cuando llegó, comprobó que había una multitud de personas para entrar. Esto le dio un poco de desasosiego. ¿Tendremos tiempo de entrar todos antes de que empiece? Lo cierto es que, pese a que los tornos de entrada no paraban, la multitud no parecía avanzar. Para Juan fue una eternidad. En un momento dado y estando todavía en la calle se oyó un estruendo de voces que venían de dentro del estadio. El rugido de la afición era emocionante, pero ¡él todavía estaba fuera! Se le hizo largo, pero al cabo de un rato, por fin se vio delante del torno.

     Pasó y trató de emprender la subida rápidamente. Comprendió que aún debía tener algo de paciencia, porque la misma multitud que se había encontrado en la calle, lógicamente ahora se la encontraba en la subida. Pero ya daba igual. “¡Ya estoy dentro! ¡En el Bernabéu!”, pensó. Se notaba emocionado. Sin conocerlos, se sentía unido a todos aquellos que tenía alrededor. Le daban ganas de tener algún gesto amistoso, unas palmadas en la espalda o algo así, de tanta emoción que tenía. Mientras subía entre la multitud, se acordó del pasado. ¡Tantos años de madridismo desde la distancia! Y pensó en tantos y tantos nombres gloriosos del Madrid. Bernabéu, Di Stéfano, Puskas, Gento, Juanito, Santillana, Butragueño, Michel, Sanchis … los nombres se le agolpaban en la cabeza. Y todos ellos, todos, habían estado allí, en ese glorioso estadio en que el acababa de entrar. Y se acordó de él, de él mismo. Y se vio de pequeño, oyendo los partidos por la radio. Y se vio de joven viéndolos en aquellas televisiones en blanco y negro. Y se vio devorando los periódicos cada lunes para enterarse de todo. Y siempre, todo ese amor por el Real Madrid, desde la distancia. Y pensando en eso, la muchedumbre iba subiendo. De repente, se vio delante de la puerta de acceso a la grada.

     Se quedó parado, ese momento debía tener la solemnidad que merecía. “Después de más de cincuenta años de madridismo, no se puede entrar al Bernabéu de cualquier manera”, pensó. Se fue acercando, saboreando el momento. Se oía un rugido maravilloso salir del otro lado de aquella puerta de entrada. De frente se veía una inmensa grada, la más alta del Bernabéu. A medida que se acercaba, se le iba abriendo más grada hacia abajo. Más y más, y por fin … el césped. Ahora sí que el nudo en la garganta no tenía solución. A duras penas, le enseño a un acomodador su entrada, que le indicó cual era su localidad. A medida que se acercaba a ella, no podía dejar de mirar el estadio. Cuando llegó a ella, vio que allí estaban los chicos y chicas de su autocar. “Tenemos las entradas todos juntos, lógicamente”, pensó. Los muchachos gritaban como locos. El estadio entero era un hervidero. Habían repartido banderas blancas en cada uno de los asientos y por todas partes se veía una marea blanca. En ese momento se acordó, ¡la gorra y la bufanda! El orgullo con que Juan se las puso … sólo lo sabe él. En ese momento oyó el himno de la Liga de Campeones, y vio aparecer las dos filas de jugadores, lentas y solemnes. Naturalmente, solo tenía ojos para la fila blanca. Miró, hipnotizado, esa fila mágica de jugadores blancos. Y fue feliz, inmensamente feliz. Y se acordó de su mujer y de sus hijos, y tuvo ganas de abrazarlos. Les dio las gracias una y mil veces en su mente. ¡Allí estaba su Madrid! ¡Allí abajo estaban esas camisetas a las que amó desde que era pequeño! La gente cantaba. Era una canción de letra sencilla y fácil de aprender. Y el buen Juan ya no pudo más. “¡A la porra el pudor!”, pensó. ¡Y levantó los brazos con la bufanda entre las manos, y cantó! ¡Cantó tanto como pudo, junto con todo el estadio!

¡COMO NO TE VOY A QUERER,

COMO NO TE VOY A QUERER.

SI ERES CAMPEÓN DE EUROPA POR NOVENA VEZ!

 

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