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Agravios comparativos

  • "Todavía me sorprendo de las diferencias de trato que han recibido Guardiola y Mourinho en los dos años que han coincidido en España"
Jaime de Carlos - La Opinión
Jaime de Carlos - La Opinión Jaime de Carlos - La Opinión

Mañana la Liga se cierra de manera oficial, aunque la temporada en España no dará carpetazo hasta la final de la Copa del Rey del próximo 25 de mayo. Será un partido en el que Pep Guardiola se despedirá del Barcelona tras cuatro años de triunfos indudables, un periodo en el que el técnico de Santpedor ha sido el gran protagonista del fútbol mundial. La admiración por él ha sido la tónica general, como cabría esperar de un entrenador exitoso; aunque en no pocas ocasiones él mismo se ha puesto en evidencia con un comportamiento impropio de la imagen que estaba vendiendo.

Como digo, lo conseguido sobre el terreno de juego está fuera de toda duda. Es cierto que ha habido varios momentos puntuales que el Barcelona se benefició de errores clamorosos de los colegiados en su favor. El listado de árbitros polémicos ya lo expuso Mourinho el año pasado tras la famosa eliminatoria de Champions ante los culés. Empujones que el equipo barcelonista no necesitaba y que recibió, con lo que tuvo la tarea aún más sencilla. Pero más allá de eso, creo que hay que admitir que Guardiola ha demostrado ser un técnico al nivel de los más grandes.

Nadie ha conseguido más en menos tiempo. Los hechos son claros. La cuestión es que Guardiola lo ha logrado con un único equipo y contando en él con tres jugadores superlativos como Messi, Xavi e Iniesta. Es decir, ha dispuesto de una superescuadra durante cuatro años a la que ha sabido exprimir al máximo, lo cual tiene bastante mérito. Aún así, creo que no es el suficiente como para llegar a concluir que Pep es el mejor entrenador del mundo en la actualidad. Más que nada porque el catalán todavía tiene que ir a otras Ligas y demostrar que lo es. Como ha hecho Mourinho. Quizás el portugués no ha ganado tantísimo en cuatro años, pero lo ha hecho de manera escalonada y en cuatro grandes ligas europeas: Portugal, Inglaterra, Italia y España.

El de Setúbal ha construido cuatro proyectos en cuatro países diferentes y los ha llevado al triunfo, antes o después. Algo a lo que le concedo más valor que lo conseguido por Guardiola, que como expongo, únicamente se ha limitado a explotar una base excepcional de jugadores y a partir de ahí ha ido forjando su plantilla ganadora. Porque el culé ha dirigido la máquina más perfecta de las últimas décadas, sí; pero en un solo país y bajo un entorno muy benigno. Mientras tanto, Mourinho ha recorrido media Europa y ha trabajado en varios proyectos diferentes teniendo éxito en todos ellos. Y en la mayoría de las ocasiones, superando las zancadillas de los medios de comunicación y la opinión pública de los países en los que ha estado.

Lo digo porque todavía me sorprendo de las diferencias de trato que han recibido ambos en los dos años que han coincidido en España. Lo cierto es que cada uno de ellos ha representado modelos distintos de comportamiento. Mientras Guardiola siempre ha cuidado su imagen, tratando de quedar bien con todo el mundo y mostrarse educado, a Mourinho esto le ha importado bastante poco. Digamos que el catalán siempre ha visto a la prensa como un mecanismo para fermentar su amor propio, mientras que el portugués  ha valorado a los medios como un incordio o un problema a la hora de conseguir sus objetivos.

 

 

Esto es algo que el portugués ha pagado caro, aunque realmente le importe poco. En su etapa con el Inter de Milan ya acuñó estos problemas que siempre ha tenido con la prensa bajo la expresión "prostitución intelectual". Era una teoría que elaboró sobre cómo los medios italianos manipulaban a la opinión pública contra él. Y lo cierto es que en España podría seguir esgrimiéndola. Sobre Mourinho hemos podido leer de todo, como que es un "dictador militar", un "hooligan", un "nazi" o que pertenece a una nueva especie animal carroñera. Un dilapidamiento público que sería intolerable sería intolerable si tuviera como objetivo a otra persona, pero que sorprendentemente al tratarse del portugués no ha escandalizado a prácticamente nadie e incluso ha levantado aplausos por parte de algunos sectores.

Bien es cierto que Mou no es ningún santo, él mismo lo ha dejado claro muchas veces. Ha cometido numerosos errores y su comportamiento en varias ocasiones ha estado lejos de ser el más correcto. Pero aún así, el trato que ha recibido en muchas ocasiones ha sido peor que el que podría recibir un criminal. Hasta la propia prensa madridista ha llegado a atacarlo, en un ejercicio inusual para lo que nos tiene acostumbrados. Hace unos días él comentaba en una entrevista que "en el mundo del fútbol me critican si digo blanco o si digo negro, si hablo después de un partido o si estoy callado. Algunas veces me siento perdido y no sé qué dirección tomar: siempre me critican". Con razón, porque yo creo que solo falta que se le critique por respirar.

Todo esto contrasta con el trato a Guardiola. Un entrenador que ha vendido una imagen de señor, de caballero; y que ha manteniendo como ha podido mientras el viento soplaba a favor. Es muy fácil poner buenas caras cuando tu equipo gana títulos, pero lo difícil es no caer en la tentación de bajar al barro cuando las cosas vienen mal dadas. De él se han llegado a escribir artículos en diarios generalistas elogiando cómo vestía. Ha hecho anuncios aprovechando su imagen de líder y de gestor, se le ha visto como modelo de la humildad y del señorío catalán. Pero, a la hora de la verdad, ha demostrado lo que siempre ha dicho Mourinho: "Él vende una imagen diferente, pero en el fondo es como yo".

El tiempo se ha encargado de confirmarlo. Los dos están hechos de una misma pasta. Solo que Mourinho es claro, sincero, directo, agrio e incómodo. No se preocupa de caer bien. Mientras tanto, Guardiola ha interpretado a beneficio de corriente un papel en el que ha contenido su verdadera forma de ser y la ha escondido bajo modales refinados. Solo así se entiende que, hace unos días, el culé insinuara en rueda de prensa que los arbitrajes habían influido en la Liga que está a punto de acabar. Siempre dejando caer su quejas entre líneas, nunca de manera directa. Ha presumido de no hablar nunca de los árbitros, pero muchas veces lo ha hecho sin que lo pareciera. Incluso en el Reyno de Navarra llegó a acosar a un juez de línea durante el partido por haberles anulado un gol. Por no recordar su polémica de hace un par de años con el técnico del Copenhague. O el día en que perdió las formas en la sala de prensa al decir que Mourinho era el "puto amo" de los medios madrileños, cuando realmente la historia ha sido siempre la inversa. Y bastantes más ejemplos.

Un goteo constante de evidencias, que a pesar de todo, no ha calado en la prensa. Porque Guardiola ha tenido camelado al mundo del fútbol durante cuatro años, logrando que el Barcelona haya sido visto como el club ideal mientras el Real Madrid era demonizado por cualquier detalle. Mourinho ha tenido que cargar con el papel de malo por el simple hecho de no andarse con remilgos y ser áspero cuando le tocaba serlo. Su gran calidad como técnico ha pasado a un segundo plano para dar protagonismo a un maltrato constante, diario, mientras su rival se llevaba las flores. Hasta que el Barcelona ha dejado de ganar. Entonces, Guardiola ha dado síntomas de flaqueza y ha demostrado que no era oro todo lo que relucía. Y cuando se le empezaba a ver más el plumero, ha decidido irse. Justo a tiempo. O quizás no, porque para mí ha sido el suficiente para darme cuenta de qué pie cojea cada uno. De constatar que en esta historia no ha habido buenos ni malos, solo dos grandísimos entrenadores imperfectos. Separados por el miedo de uno de ellos al 'qué dirán'.

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