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El Bernabéu acelera el presumible ocaso del Barcelona

  • El final del ciclo azulgrana ya es un hecho que se refleja en los duelos directos
El final del ciclo azulgrana ya es un hecho que se refleja en los duelos directos
Javier Royo Martín Javier Royo Martín

Apenas tres temporadas atrás cuando José Mourinho aterrizó en el Real Madrid, el Fútbol Club Barcelona era un rival al que el madrí no lograba hacerle sombra. Todos los enfrentamientos entre los dos clubes dirigían al aficionado merengue, humillaciones mediante, a forzarlo a reconocer que su equipo no podía arrostrar con mínima esperanza un lance con el eterno rival. A pesar de saldar su primer duelo en clamorosa derrota en la temporada 2010-11, los hombres comandados por The special one en la final de Copa celebrada en Valencia hicieron valer una historia que por años estuvo sumergida mientras el Real Madrid se resignaba prácticamente a ser un cómodo sparring del Barça en sus duelos directos. El madrí, mutado en segundón, fijó en esa fecha el golpe de autoestima que marcó el punto de inflexión de un recorrido que cristalizó en la semifinal de Copa disputada en el Camp Nou el martes pasado.

La segunda entrega, el partido de Liga del sábado, reafirma la vigencia de un futurible status quo en el que los merengues cogerían el testigo de la hegemonía en el fútbol español. Un Madrid plagado de suplentes con Pepe situado en el mediocampo con el objetivo primordial de robar balones, en la misma posición que estrenó cuando lograron la primera victoria al eterno rival en la era Mourinho, contuvo a un Barcelona gris y pacato cuya actitud en el campo sugiere que no otorgó al lance el necesario vigor que motive pronosticar un revival de su historia más reciente en el futuro inmediato. La luminosidad del campo que trasmitían las imágenes del partido, jugado a la hora del café para satisfacer al aficionado del continente asiático en detrimento del espectador español, parecía transportarte a un partido de la Premier League pero el paso de los minutos te despertaba con crudeza del desengaño al contemplar un partido sin ritmo, sin fuerza, sin nada propio del fútbol que se practica en las islas británicas. Ni siquiera el gol que marcó Benzema a pase del canterano Morata, y el de Lionel Messi en buena jugada individual, tantos que dan fe de que participaron en el encuentro porque a renglón seguido ya no aparecieron más, provocaron que subiera la intensidad del partido. La tónica del encuentro situaba al Madrid atrás esperando y el Barça hipnotizando el juego hasta el tedio a base de practicar un fútbol de toque con nula profundidad que se prolongó hasta que salieron al campo en la segunda parte Cristiano Ronaldo y Sami Khedira, momento en que el encuentro pasó a tener un claro cariz blanco.

Al portugués le bastó tener por vez primera la posesión de la pelota para levantar a la grada con una cabalgada por la banda que sesgó Piqué ganándose la tarjeta amarilla. CR7, en estado de gracia, tuvo varias ocasiones para marcar entre ellas una falta tirada, esta vez con sutileza, que plantó en la cruceta y que presenta una alternativa creíble al tradicional obús que cañonea Ronaldo siempre que hay balón parado en campo contrario. Pero fue Sergio Ramos el que rubricó la victoria al cabecear un córner sacado con maestría por Modric que acabó con el balón alojado en las mallas rivales.

Los blancos ganaron el partido con merecimiento pese al postrero penalti a Adriano no señalado por el árbitro, cuando el Barça tocó un tenue arrebato al final con vistas a no perder el partido. Víctor Valdés que vio la claridad del penalti desde la otra punta del campo, al terminar el encuentro salió disparado a increpar al árbitro, acción que ofreció la peor imagen de un Barcelona de leyenda con visos de haber entrado en el final de su época dorada.  

El Madrid llegará el martes a Old Trafford abrigado con la confianza inyectada por los resultados de sus últimos encuentros para doblegar a un Manchester United que lidera su liga, y al que está obligado a ganar o empatar logrando más de un gol, con la finalidad explícita de hacer trocar, al menos por un día, su "Teatro de los sueños", como lo bautizó Sir Bobby Charlton, por uno de pesadilla.

 

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