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El experimento le explotó al ingeniero

  • Los movimientos de Pellegrini en la Copa le pasaron una factura muy cara. Su obsesión por contentar a todo el plantel derivó en una pitada para él. Sólo los buenos resultados, y el buen juego, pueden reconducir su relación con la grada
Los movimientos de Pellegrini en la Copa le pasaron una factura muy cara
David Jorquera David Jorquera

El mundo del fútbol ofrece situaciones que, en muchas ocasiones y en condiciones normales, no deberían haberse producido. Sin embargo, los actores principales de este maremágnum, siempre nos sorprenden con algún movimiento inesperado que, bajo su firma, acaba llevándose por delante centenares de críticas.

El último ejemplo ilustrativo de este tipo de teorías lo encontramos en el técnico madridista, Manuel Pellegrini. El chileno optó por cambiar lo bueno del equipo en los últimos partidos ante Getafe, Milán y Atlético en el partido ante el Alcorcón. De esta forma, quebró la dupla Benzema-Higuaín en la delantera, sacó del campo a Marcelo, que mejor o peor, daba cierto equilibrio al centro del campo, amontonó jugadores en la delantera renunciando al principio de calidad sobre cantidad, limpió a Lass del centro del campo para utilizarle como parche en el lateral y así un largo número de decisiones, cuanto menos extrañas, que debilitaron el martes su vida como técnico del Real Madrid.

Se quiera ver o no, a Pellegrini le dio un ataque de entrenador. Él se excusa en las rotaciones y la dosificación de esfuerzos pero se le fue de las manos en la Copa. Un doble pivote netamente destructor jugando como local y con la necesidad de superar un 4-0 fue un error. Su repudia al juego por bandas le pasó factura a comienzos de temporada, y en una de las noches donde debía demostrar su firmeza en el banquillo del Bernabéu, éste le estalló. El buen refranero español, sustentador del librillo de los entrenadores en infinidad de oasiones, viene a decir que lo que funciona, mejor no tocarlo. Sin embargo, Pellegrini lo tocó. Y, además, demasiado. La falta de fútbol y de juego por bandas dejó en evidencia un estilo de juego arcaico, con delanteros perennes al juego por el centro, y con una ausencia de autoridad en el control del balón que hizo estallar al Bernabéu como pocas veces se le había visto en los últimos tiempos. Ahora sólo le queda al ingeniero dejarse los inventos en la pizarra y volver a contentar al personal. Trabajo le va a costar. Y fútbol, por supesto, también.

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